Nunca faltan encontrones cuando un pobre se divierte.
Enrique Cadícamo – Tres amigos
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Le bastó con mirar a su hija disfrutando en la plaza, simplemente fascinada con un pequeño cachorro callejero, para decidirse. Se levantó del banco en el cual había presenciado el inocente juego de la niña, y con voz suave le indicó que era momento para que comenzaran el camino de vuelta a casa, la niña entiende y luego de una última caricia al perro, corre hasta donde está su padre y le tira el pantalón en señal de que quiere subirse en sus hombros.
Con la niña mirando desde las alturas la colorida plaza y mientras se sujeta con firmeza a la cabeza del padre, se encaminan por algunas calles céntricas del pueblo que parece congregar a la mayoría de la gente esforzándose por parecer acelerada y ocupada. El padre por su parte, pensando en que tendrá que hacer para conseguir mantener a la familia durante el fin de semana largo que comenzaba, el motivo que de seguro alegraba a tantos niños y sus padres hace un momento en la plaza; pero que para otros resultaba una incómoda situación que tendía a ser frecuente todos los meses.
Antes de llegar al supermercado, el padre alza a la niña y la pone a su lado para que caminen de la mano, el hombre mira a su hija con una sonrisa resignada. Ingresan al local, el padre hace el ademán de buscar un billete en su billetera –en realidad es el único, pero la posible mirada del algún desconocido lleva a actuar de tal forma al padre– y entregárselo a la niña que se adelanta en el pasillo bajo la enternecida mirada de algún empleado.
La niña se adelanta con paso firme hasta donde habían acordado antes de llegar a la plaza hace un par de horas: tenía que ir donde estaban las frutas y las verduras, escoger y echar en una bolsa los tomates que necesitaban para tomar once, después ir para que pesaran los frutos y luego con el billete que le daría ir a pagar en la caja. La niña va concentrada en recordar las instrucciones que el padre le había entregado, y que ahora parecía poner en marcha sin complicaciones. El padre camina tras la niña a paso calmo, con ambas manos en los bolsillos de su chaquetón; una vez en la estantería, le advierte a la niña respecto al color y la textura de los tomates que debe elegir, después, sigue a la niña hasta el aparador donde un joven etiqueta la bolsa luego de que el padre le diga que la jovencita estaba comprando lo que faltaba para la once.
La pequeña se adelanta por un pasillo, el padre se agacha para abrocharse un zapato, le indica a la niña que siga hasta las cajas y que lo espere; una vez ambos en la caja, el padre señala en voz alta lo que estaba olvidando: entregar la bolsa y el billete a la cajera. La mujer realiza la transacción con una sonrisa en el rostro y le hace entrega a la niña del vuelto agregando deseos de fortuna en el resto del día de la damita.
Camino a la salida del almacén, los detiene con cordialidad un hombre; que, saluda a la niña y mira detenidamente al padre –nada menos que todo un momento para el padre– el hombre saca un caramelo desde el bolsillo de su impecable delantal blanco y se lo obsequia a la niña, el padre rígido, intentando hablar con naturalidad, señala a su hija qué es debido decir en una situación como esta, ante lo cual la pequeña se dirige al hombre con un agradecimiento al caballero.
Una vez afuera, y luego de negarse a la petición de la niña para subirse nuevamente en los hombros del padre alegando cansancio y bajo la promesa de que va quedando poco para llegar. La niña se dispone a caminar con las monedas repicando en el bolsillo de su abrigo rosado, y disfrutando del dulce en su boca; padre e hija caminan poco más de una cuadra hasta la cantina Camino al mar.
Por primera vez desde salir del supermercado, el padre retira su mano derecha desde el chaquetón para estrecharla con che Bernardo, dueño del local ocupado por un trío de hombres que conversan en voz muy baja, como privilegiando la voz de Alberto Castillo que se escucha en una radio a lo lejos. El padre extrae de su costado izquierdo una botella de vino y le pregunta cuánto le puede dar por esta.
Che Bernardo desvía la mirada a algún rincón y con un rostro inexpresivo se acerca al padre y le dice en voz baja –poco usual en él– con calma y discreción:
–De verdad, no sabría decirle, amigo, pero mejor usted me dice cuanto es lo que necesita.
El padre se queda paralizado ante la respuesta del hombre, mira a su hija que está a sus pies agachada rascándole el vientre a un gato tricolor que había seguido desde la entrada a la niña. Con el orgullo acallado por el alivio de la situación, se acerca a don Bernardo para explicarle que no le quisieron pagar en la mañana por no sabe qué problema de la contabilidad de la obra, y razón por la que el pago del mes lo harían el martes a mediodía; que, sin más, estaba empezando un fin de semana largo especialmente incómodo por el hecho de apenas tener dinero para la comida de esa noche y quizás el almuerzo de mañana, que necesitaba algo de dinero para solamente ir a la feria mañana, para que…
–No siga, amigo, lo entiendo, son cosas que pasan y que hacen estos boludos que tienen la guita y que no se quieren dar cuenta de todo el daño que hacen; cuando no canta Gardel todos nos quedamos esperando afuera del teatro…arreglemos esto altiro, espéreme, no se vaya.
Don Bernardo abre la cortina que cubre el umbral detrás del aparador e ingresa en la habitación contigua. El padre recuerda las veces en que su propio padre ocupaba la expresión cuando canta Gardel, y mira a la niña que aprovecha para decirle a su padre que ya se le ocurrió un nombre para el gato y que podría llevárselo a casa, que hace tiempo su madre le había dicho que hacía falta una mascota en el hogar; el padre asiente en silencio y advirte a la niña que no deje ir al pequeño gato, la niña responde que ya son amigos con el gato… el padre no escucha el nombre que la niña dice puesto que se gira cuando vuelve don Bernardo.
–Ahí tiene amigo, ¿está bien con eso? –dice el hombre luego de hacerle entrega de un billete bien doblado, el padre lo examina brevemente y le indica al hombre que es suficiente, que está muy agradecido, le acerca la botella a don Bernardo, quien la rechaza con un gesto rápido, diciendo:
–No, amigo, no se preocupe, llévesela, ¿cuándo cree que pueda pagarme?
El padre responde que el martes mismo, en la noche, sin falta, que no va a tener ningún problema porque le habían dicho que…
–Y bueno, eso no importa, será cuando usted pueda, mire que cuando de pagar se trata los que tienen la guita siempre salen con algún problema; yo confío en que cuando tenga, lo veo por acá, ahora apúrese, que está corriendo un sur que quiere llover fuerte, vaya a su casa, tómese una copita con su señora y mañana despiértese más tranquilo.
El padre asiente, sin poder decir nada, y estrecha con fuerza la mano del hombre, que dice:
– Quiéranse con su mujer, no se amarguen por que un día pueda faltarles algo, sigan luchando, que de eso se trata todo esto, y mejor si tienen una linda piba que los empuja a seguir poniéndole el hombro a la vida-
Che Bernardo saca una bolsa plástica de un cajón del aparador, y echa la botella en ella; le entrega el paquete al padre, que indica a su hija que se despida; ambos hombres estrechan sus manos una vez más.
Una vez afuera, le pide a la niña la bolsa con los tomates, deja ambos bultos en el suelo y se coloca a su hija –que sostiene en su regazo al pequeño gato tricolor– sobre sus hombros, coge los paquetes y camina rumbo a casa. Le pregunta a la niña qué nombre tenía su nueva mascota, a lo que la niña responde: tomate.
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